Dibujo el castillo
El sueño de una casa
Podría decirse que tengo una pequeña obsesión con las casas.
Para mí es de lo más natural; antes de los dieciocho ya me había mudado cinco veces con mi familia sin salir del pueblo. La última mudanza fue de la casa de mi abuela a nuestro piso actual, a una calle de distancia. Aún suspiramos cuando pasamos por la casa que ya no tenemos, y echamos de menos los armarios empotrados y lo grande que era el baño y el balcón cerrado y a mi abuela. Cuando sueño siempre aparezco en esa casa, como si todavía viviéramos allí.
En nuestro piso actual, mi madre hace planes constantemente para realizar pequeños «cambios» que hagan de nuestro piso un sitio más cándido, más agradable, más duradero. No es la casa en la que nos hemos criado ni la casa con la que soñamos, pero es nuestra casa y la hacemos como tal: este año pintamos, el que viene cambiamos el sofá, cuando se pueda igual recuperamos el balcón, para tener un poco de desahogo. Ahora está empeñada en cambiarme el sommier. Yo le digo que no paso tanto por casa como para necesitarlo.
Mi madre y yo tenemos la costumbre de coger el coche o salir a andar y fijarnos en las casas de los demás; mira esta fachada, ese arreglo de las ventanas no me gusta mucho, qué pintura más fea, yo quisiera tener buganvillas como esas, me gustaría comprarme ese piso, esta solo la abren quince días al año. Dignas herederas de los programas de Divinity que nos zampábamos con el desayuno de los sábados, trazamos el hogar de nuestros sueños mientras trabajamos con el que tenemos. Esta tendencia es como una cicatriz, una mosca cojonera, algo así como el tic de morderse las uñas. No es fácil de espantar.
El sábado bajé a Murcia para celebrar el cumpleaños de mis dos mejores amigos y Carmen nos enseñó el piso que se ha comprado, justo debajo del de sus padres. En el revoltijo de escombros y cabres pelados visualizamos la disposición de las habitaciones, la distribución de espacios, el futuro aspecto de las paredes y los muebles de la cocina. Alabé su decisión de remodelar las paredes y quedé completamente fascinada por el ventanal gigantesco que coronará el salón. Fantaseamos sobre estanterías a medida y distintos tipos de suelos y debatimos sobre si las alfombras son un sí o un no. En un momento dado, Miguel dijo “te conocimos cuando ibas a bachillerato y ahora tienes una casa” y nos quedamos callados, sopesando el significado de esas palabras. Tú también sabes lo que estábamos pensando: ninguno de nosotros está seguro de poder comprarse una casa en su vida.
Volví a Madrid esa misma noche y el domingo llamé a mi madre. Le hablé del día y de mis amigos: a Miguel le hemos regalado una arrocera y a Josemi un videojuego; fuimos a comer y luego a la bolera; luego nos quedamos parados en el coche frente a la estación hasta que nos despedimos, esta vez con un poco más de nostalgia que de costumbre.
—Ah, y Carmen nos ha enseñado su piso.
—¿Se ha comprado un piso? ¿Cómo?
—Es funcionaria.
—Vaya.
No hablamos mucho más del tema porque mi madre también sabe lo que hay; en el pueblo no paran de construir a precios desorbitados para gente de fuera y yo me acabo de quedar sin trabajo. Mi madre, que si de algo ha pecado siempre es de optimista, suele decir que algún día mi hermano o yo triunfaremos y le compraremos una casa en primera línea, como los veraneantes, pero para vivir todo el año. Es eso o ganar la lotería. No sabría decir cuál será más probable.
Hoy es lunes y por la tarde me he visto a mí misma en tercera persona en el rato de después de comer: una veinteañera tirada en el sofá se toma un té y una barrita de chocolate mientras prueba diferentes papeles de pared en su casa del Animal Crossing. Miro a la cámara inexistente, horrorizada. De pronto me siento pequeña, infantil. Precaria, sobre todo. ¿Es esta la única casa que me podré permitir? ¿Estoy haciendo algo mal? ¿Debería opositar? ¿Cuándo van a enchufar la calefacción?
Así podría empezar una carta llena de rabia y frustración, un grito contra el mercado inmobiliario del demonio y todos los multipropietarios del país, pero creo que no es lo que quiero escribir ahora mismo. Cada día me parezco un poco más a mi madre; así que me pregunto: ¿cómo sería mi casa?
Pongámonos a soñar con esa casa que quizá podríamos comprar si acabamos haciéndonos funcionarios o si explotase la burbuja inmobiliaria. La mía sería un piso, porque nunca he vivido en una casa casa ni creo que pudiera hacerlo. Tendría que tener un buen balcón, eso sí, o incluso una terraza. Como en mi casa número 3, donde teníamos sitio para una mesa grande que luego le regalamos a mi padrino. Yo pondría una mesa parecida para cenar los veranos y escribir por las mañanas. Pondría muchas palntas y aprendería a cuidarlas para que no se mueran. Viviría en el mismo edifico que mi madre y podríamos ver el mar.
Mi casa número 3 fue la más grande, así que en su momento mi padre se montó allí un despacho. Yo no entendía muy bien para qué; para mí era más el cuarto donde dormía mi abuela cuando venía los viernes a ver Menuda noche. Qué ingenua era y qué poco sabía del mundo. Ahora no hay cosa que codicie más que la habitación propia de la que habla Woolf, una gruta del dragón destinada a la escritura. Imagino mi despacho con una mesa espaciosa, lo suficiente para albergar un ordenador de sobremesa y un cuaderno delante. Dejaría una cajonera a mano para tener mis cachivaches organizados. Mutarían alrededor varias estanterías, al menos para mis manuales de escritura y los libros de consulta. Un tocadiscos, quizá, y un espacio para los vinilos que he heredado de mi padre. Una silla cómoda y un sillón solo para leer. Una lámpara de pie y otra de mesa.
Sueño con un piso exterior porque todavía no he vivido en uno desde que me independicé. Le daría (¿dará? ¿diese?) el sol por todas partes, como la casa número 4, y me alimentaría de él como un ficus. Forraría las paredes con estanterías, como en todas las casas que hemos tenido, y en consecuencia tendría que relegar los cuadros a los pasillos, también heredados de mi padre humanista.
La cocina la imagino sencilla pero práctica, como en las casas 2 y 4. Separada del salón, por supuesto, y con una mesita pequeña para desayunar y cenar. La primera vez que fui a casa de Laura Plaza me gustó tanto su cocina que le envié una foto a mi madre. “Algo así”, le dije. Los muebles eran verdes y me transmitía muchísima paz.
Al pensar en el dormitorio no he podido evitar volver al Animal Crossing, porque ahí tengo la habitación de mis sueños: lámparas bonitas, un armario de madera, jarrones con flores (pueden ser falsas, como en la casa número 4) y una cama grande, cómoda y que huela a limpio. Quizá peque de añadir un pequeño escritorio, solo para cuando quiera sentarme a escribir mi diario. Una mesa íntima para la escritura íntima.
Incluso en mi imaginación se disponen todas las utilidades que acabaré necesitando, también en base a la experiencia: armarios empotrados, un altillo para los disfraces de Carnaval, una buena aspiradora (yo sí tendría alfombras). Pienso en tener una galería lo suficientemente grande para poner la arena de los gatos que todavía no he adoptado, y si tuviese mucha mucha suerte y fortuna, un hueco para comprar un piano. Una vez lo tuve, y resistió hasta la casa número 5.





Nena es nostalgia por cosas que todavía no han ocurrido, como en la película de Princesas.
Me ha encantado ❤️ Nostalgia y deseo por un futuro cada vez más imposible... y más cercano a la fantasía.