El año del caballo
O el año de querer necesitarnos
Mentiría si no dijera que este año he pasado por las Navidades de puntillas. Como en una fiesta donde no conoces lo suficiente a la gente como para decir llanamente que prefieres tirarte en el sofá de tu casa y acabas haciendo bomba de humo sin despedirte de nadie. He adoptado la naturaleza de un hobbit para pasar lo más desapercibida posible, a veces hasta para mí misma, y así no ser consciente de los días tan significativos que pululaban por el calendario.
El truco me estaba funcionando, pero al final no he sido capaz de escapar del bombardeo digital de las cietnos de fotos, reels y recopilatorios de absolutamente todo el mundo en relación a estas fechas: tops, wrappeds, propósitos y otras tantas categorías de las que no he podido escabullirme; ni siquiera lo he intentado, en realidad, porque yo también juego a ese juego y he participado en él. En Año Nuevo me senté frente al ordenador e intenté hacer un vision board, pero solo podía mirar el del año pasado y pensar que no tenía nada nuevo que soñar. ¿Estoy faltando a algún tipo de práctica espiritual que me asegure un buen año? ¿Debería condensar primero lo mejor y lo peor del 2025? ¿Por qué no estoy repasando mis logros, si no han sido pocos? En la cama de noventa de la casa de mi pueblo, con la bata de mi madre y las manos más frías que el hielo me di cuenta de que no quería mirar atrás, pero tampoco me apetecía otear el horizonte. Mi único deseo era que los días siguieran su curso con la misma indiferencia que arrastraba yo en el cuerpo.
Me aturullé con las vidas de los demás. Aún con la mente bien amueblada, tiendo a compararme con el resto: mi cabeza montaba las imágenes de los demás como en una feel good movie que el público y la crítica no paran de alabar hasta el punto de quitarme las ganas de verla. Así que esperé. Aguarde a que pasase el tiempo, y en mis días de fantasma acabé leyendo algo que me despertó la curiosidad que me faltaba por el cambio de calendario: 2026 es el año del caballo.
Del latín caballus, la RAE lo define como «mamífero solípedo del orden de los perisodáctilos, de tamaño grande y extremidades largas, cuello y cola poblados de cerdas largas y abundantes, que se domestica fácilmente y suele utilizarse como montura o animal de tiro». Según la astrología china, es un símbolo de energía, positividad, elocuencia y ambición. Todo lo que me ha faltado en los últimos días, vaya. El caballo que recorre 2026 es, además, un corcel de fuego; un animal indomable capaz de arrasar con todo por donde pisa (¿y acaso no lo está haciendo, con apenas diez días de vida en el mundo?).
Dice la astróloga Ludovica Squirru de este nuevo año que «no se trata de tener suerte, sino de aprender a cabalgarla», una filosofía que casa bastante bien con la cultura de la manifestación, los vision boards y cultivar los deseos. No solo tienes que soñar con las cosas, debes trabajar en ellas. A mí no me hace falta que me lo recuerden, mi carácter y mi educación católica ya han hecho mella más que de sobra; si eso, mi problema es pensar que nunca trabajo lo suficiente.
Pero fíjate que ni con esas estaba yo dispuesta a meditar sobre mis metas, mis sueños y mis objetivos financieros. En su lugar, solo podía pensar en el caballo de fuego: como una constelación, como un carro ardiente relinchándole al firmamento. Tiene el pelaje pardo y una mancha blanca sobre el hocico, y recorre una llanura de hierba seca, como los que vi con mis amigas en septiembre en la sierra madrileña. No parece una criatura que traiga la destrucción, pero así es la naturaleza: lo más bello es siempre lo más letal.
Esta suerte de visión me empuja de nuevo a las palabras de Squirru, más por curiosidad que por el ansia de una brújula. Nos habla de aprender a confiar en la intuición, de construir una conciencia que nos advierta de los peligros antes que el raciocinio. Eso está muy bien, pero luego está la tarea de hacerle caso a pesar de todo (¿o acaso superaste la tentación de escribir a esa persona en Nochevieja?) Nos dice que el fuego es una energía egoísta, y que la única forma de contrarrestarla es encarnando un espíritu altruista y comunitario. Frente a la adversidad, lo terrorífico, no nos queda más remedio que aferrarnos a los demás. Marta Jiménez Serrano lo reafirma en una de sus primeras entrevistas de 2026, en relación a su recién publicada novela Oxígeno: “Todos necesitamos a los demás: el individualismo actual es irreal”.
Perdida en mis fantasías, yo vuelvo a la sierra de septiembre, a los caballos y a mis amigas. Las bestias trotan a placer, un segundo tranquilas y al otro embravecidas, pero ellas permanecen serenas como un árbol viejo, estables, fuertes y bellísimas. No sé qué será de mí este año ni me apetece demasiado pensar en el anterior, pero si algo tengo claro es que necesito a mis amigas y quiero que me necesiten. Quiero que mantengamos nuestra quedada semanal aunque tengamos que convertirla en teletrabajo, que podamos sacar un fin de semana para irnos de escapada, que escribamos juntas y que nos leamos. Que juguemos a la Nintendo como si fuéramos adolescentes, como si así pudiéramos compensar los años que hemos pasado sin conocernos. Que lloremos juntas, riamos juntas y vivamos juntas. Que pasen por delante los caballos y sus incendios. A mí solo me importa cabalgar con ellas.





Qué bonito el último párrafo <3