Hey, Yule
Sobre la hibernación humana
No me considero una persona especialmente mística, pero sí encuentro cierta lógica en los tiempos naturales que nos dictan las estaciones. Llega el frío, los días se acortan y a las seis de la tarde ya estamos pensando en cenar y acostarnos, repentinos admiradores del horario inglés.
Yo me encuentro en una etapa muy, muy casera. Primero porque ya no tengo trabajo y cuanto más evite salir a la calle, más dinero me ahorro. También porque, precisamente por la vuelta al desempleo, estoy recuperando el comfort de pasar tiempo en casa que no tenía cuando tenía que trabajar. Digamos que he recordado el gusto por la vida ermitaña. Si a eso le añadimos que soy murciana y friolera creo que se queda todo dicho; para esto pago el alquiler, al fin y al cabo.
Mis días ahora se basan en madrugar todo lo que me permite la pereza, desayunar sin prisa y ponerme a trabajar en mis cosas, mi escritura. Si la nevera empieza a hacer eco bajo al supermercado, y subo con la espalda cargada y la cuenta bancaria un poco más ligera. Cocino deprisa porque por mucho que lo intente nunca me va a convencer gastar más tiempo en la cocina que frente al ordenador. Disfruto de una sobremesa eterna, densa y viscosa como la miel. El té se me enfría pero me lo bebo igual. Me arrastro hasta la habitación y me siento a trabajar de nuevo. Estudio un poco y me pregunto si debería leer o si no me lo merezco aún. Aguardo pacientemente a que lleguen las ocho para ducharme y agradezco haber tenido la decencia de haberme dejado la ropa de calle. Ceno en pijama; le digo a mi compañero de piso que hoy quiero acostarme temprano pero acabamos viendo la tele hasta las doce y pico. Me lavo los dientes, cambio el agua de las lentillas aunque no las haya usado y me zambullo en la cama. Ahora sí toca leer, nada de móvil por las noches. Me coloco el Kindle sobre la almohada para no tener que sacar las manos del edredón. Cinco minutos después me quedo sobada y el día ha terminado.
La historia se repite como en las secuencias de montaje de las películas: llega un punto que el espectador se cansa, el personaje se cansa y todo el mundo está esperando a que alguien mueva el culo y le dé un poco de vidilla al asunto. Yo me lo propongo todas las noches y todas las mañanas, como Alicia en Aquí no hay quien viva: «Hoy voy a tener muy buen día». Lo tengo todo a mi favor: disfruto de una casa cómoda y de todo el tiempo del mundo para hacer lo que quiera con él. Pero no puedo negar que esta tendencia a encerrarme me preocupa. ¿Tanto pavor le tengo al frío? ¿Al mundo? ¿A los gastos hormiga? ¿O es el temible monstruo de la pereza apoderándose de mí?
Es normal, Irene, me digo con el mismo tono que uso cuando intento convencerme de que un lunar nuevo no es síntoma de una enfermedad terminal. Es tiempo de Yule. Anochece pronto, el cuerpo lo sabe y pide descansar. Pura sabiduría popular. En realidad nunca nos hemos inventado nada, solo le cambiamos el nombre. Por eso ahora hablamos de seasonal depression (SAD), por ejemplo. Esta especie de tendencia psicológica afirma que el horario de invierno afecta a nuestro estado de ánimo y nos acerca a los síntomas de la depresión. No en vano hay tantos suicidios en países polares donde el sol apenas aparece en invierno, como en Noruega, donde en la zona más septentrional no verán un amanecer hasta enero. Imagínate tener que aguantar eso con una jornada de ocho horas en un trabajo precario; lo sabían los celtas y lo sabemos tú y yo.
Una vez más abrazo el autodiagnóstico y considero seriamente estar acercándome al espectro psicológico de un obrero noruego. En este punto envidio a los osos y a todos los animales que pueden hibernar. Su propia naturaleza les dice que hace un frío de cojones y que lo mejor será echarse una siesta de un par de meses hasta que valga la pena salir de nuevo. Encima su metabolismo aprovecha y trabaja durante el descanso, haciéndolos más fuertes para la próxima primavera. Leo un par de artículos donde dicen que, si el ser humano pudiese hibernar, nuestras vidas se alargarían gracias a los beneficios del descanso estacional.
Pienso inevitablemente en la protagonista sin nombre de Mi año de descanso y relajación, que decide que no tiene fuerzas ni ganas para seguir afrontando el mundo y decide dormir durante un año entero, forzando el estado de hibernación a través de una medicación excesiva e inverosímil hasta para el médico más kamikaze. ¿Visionaria o temeraria? ¿Las dos? Me gusta que el libro la acompañe en su misión suicida como un mero espectador, una suerte de científico describiendo el monólogo interior de uno de sus ratoncitos blancos. Como si a nadie en la sala se le hubiera pasado nunca por la cabeza apagar el mundo durante una temporada.
He leído por ahí que algunos neandertales sí llegaron a hibernar, pero no tengo fuentes fiables ni tampoco entiendo por qué decidiríamos cambiar de idea, si al parecer tiene tantas ventajas. Desde luego, para Richard Papen de The Secret History habría sido un alivio. Donna Tartt dedica alrededor de cuarenta páginas a relatar cómo este chico casi se muere de hipotermia por no tener dinero para pagarse una pensión durante las vacaciones escolares; se niega a volver a la soleada California con sus padres, con los que ya no tiene contacto, pero tampoco puede confesarle a sus amigos ricos del campus que es más pobre que las ratas. A Richard casi lo matan el orgullo y la clase social, como a casi todo el mundo.
Afortunadamente, yo soy una privilegiada con calefacción central y no tengo que preparar un plan de supervivencia para este invierno. Debería, simplemente, salir un poco más a menudo. Ah, pero también debería aprovechar el día y escribir, terminar el curso de guion, grabar vídeos, editar vídeos, buscar trabajo, actualizar mi currículum, pensar en opositar, leer más, escribir más. Fantaseo con hibernar pero me aterra la posibilidad de perder tanto tiempo. La realidad es que Yule no tiene la culpa de mi desazón, sino la cultura de la productividad y el constante machaque autoimpuesto. Pienso en el invierno como una oportunidad antes que como un descanso, el frío es una excusa para no separarme del ordenador. La cabeza me dice que no tengo nada mejor que hacer, pero una vez más está equivocada. La naturaleza es sabia y lo sabe, y en el fondo tú y yo también.





qué bonito, simplemente eso, precioso.
Me ha encantado este texto!!! Tan bien expresado todo, tan bonito... Y las imágenes tan bien escogidas... es un talento eso también